ETRIA

Sobre Etria, el Orgullo del Mar Dorado

Emboscada Etria
Ilustración: Karl Fitzgerald
© Somos Fénix Books

Como una punta de lanza desafiando las aguas, así es la orgullosa Étria. Valientes, gallardos y de noble carácter; sus raíces se hunden profundas en la historia de Ródenas. Terminada la Edad del Amanecer, las costas del norte de Ródenas se vieron salpicadas por las incursiones de drákkars ásgaros. Por aquel entonces, el martillo de los norteños golpeó sin piedad a toda la región, obligando a sus gentes a emigrar a otras latitudes. Si bien, no fueron pocas las tribus que plantaron cara y lucharon tiñendo con su sangre la gris arena de las costas del norte del continente. Por desgracia para los lugareños, los vientos del norte no cejaron de acosarlos y, con el paso del tiempo, algunas de aquellas gentes terminaron por abandonar sus hogares y su tierra hacia regiones más templadas donde no alcanzaban a rozar los gélidos dedos de Ásgarod.

Algunos de estos clanes convertidos en exiliados fueron a parar a la región de Los Colmillos, donde la unión y la mezcolanza de las diferentes tribus que allí se asentaron dieron como resultado la civilización Pélaga. Madre de grandes pueblos como los Tilosi, los Partos, los Nízaros o los propios Etrios entre otros.

No sería hasta muchos siglos después, cuando los esfuerzos combinados de todos los clanes de los Pélagos lograrían rechazar de una vez por todas el avance de los ásgaros en la batalla de “Los Vientos Súbitos”, o como la conocen en Ásgarod, la batalla de Migjorn. En aquel entonces, Laécedes, caudillo de las fuerzas pélagas mandó incendiar la flota de los norteños a su paso por el estrecho de Los Colmillos, lanzando sobre ellos una lluvia de flechas incendiarias. Al parecer, un súbito viento proveniente del sur atravesó el estrecho, avivando las llamas y propagando el fuego por todas las naves. Muchos ásgaros murieron abrasados aquel día, y los que no, perecieron ahogados en las aguas bajo el martirio de los dardos.

Aquella victoria supondría un hito que reforzaría la hermandad entre las tribus de la región y alejaría para siempre las aspiraciones norteñas de sus tierras. A partir de entonces, los pélagos se dedicaron a levantar la civilización que los consolidaría como los amos del Estrecho de Los Colmillos. Allanaron caminos, construyeron viaductos y dieron forma a nuevos puertos por toda la región. Asentando los cimientos de puertos y ciudades como la imponente Pártenas directamente en el estrecho. Mientras que los etrios más propensos a los valles y vaguadas, se instalaron en las montañas y, junto a sus grandes perros pastores, se dedicaron a la cría y cuidado de sus animales.

No obstante, con el paso del tiempo, los pélagos vieron su mundo tambalearse una vez más, si bien, en esta ocasión, su enemigo no procedía del norte. Más bien, al contrario. Algunos los creían los descendientes de los Pueblos del Mar y de Érohed El Navegante, otros los tenían por un pueblo legendario emergido de las aguas que tenía como objetivo conquistar las costas del mundo. Lo cierto es que ni unos ni otros andaban desencaminados. Pues tal era la ambición de los orgullosos Reyes del Mar de Cracia.

Enormes y majestuosos, los barcos cracios emergieron del horizonte sobre el mar del estrecho. Lucían velas de color azul oscuro, al tiempo que los mascarones dorados hendían las olas como el cuchillo que hiende la carne y sobre ellos se cernía un cielo de nubes grises como un presagio de mal augurio. En sus tripas de madera viajaban hombres provenientes de tierras lejanas. Hijos de la poderosa Cracia, el reino perdido de allende los mares. Un pueblo temible del que muchos habían escuchado hablar y pocos deseaban conocer. Fueron estos los tiempos de la gran expansión del Imperio Cracio de Ultramar. Una época en la que los Reyes del Mar de Cracia ansiaron dominar las costas de toda Ura.

Poco pudieron hacer los pélagos contra el poderío de Cracio, cuyas expediciones se sucedieron una tras otra sobre el territorio como una marea incontestable. Apenas un lustro después de su primer encuentro, los cracios habían sometido ya buena parte de los clanes del estrecho y, al fin, tras un largo sitio, la ciudad de Pártenas, la más relevante para los pueblos pélagos cayó en sus manos. Este duro golpe supuso el declive total de la civilización pélaga, y uno tras otro, el resto de clanes doblaron la rodilla ante el poderío de sus nuevos señores. Todos, a excepción de las tribus étrias de las montañas, cuyo carácter aguerrido, los empujó a resistir, aislándose en el interior de los valles y vaguadas de la región. Su desesperación resultó más amarga si cabe cuando muchos de aquellos clanes que una vez fueron hermanos se unieron al enemigo y lucharon del lado de los invasores. Rodeada de enemigos, la tierra de los etrios ardió sin remedio y la sangre y las lágrimas regaron sus valles, donde mucho tiempo pasó hasta que el verde los visitara de nuevo.

Cuentan los etrios que Íkales, señor de su pueblo, afamado por su noble carácter, derribó a decenas de enemigos en la última batalla y cuentan también que, por cada hermano pélago que Íkales derribaba, su corazón se contraía por el dolor. Tantos fueron los hermanos caídos que al término de la batalla su latido se consumía débil y moribundo. Derrotados, los etrios fueron condenados al exilio. Dicen los etrios que Íkales, viéndose forzado a partir junto a los suyos, se detuvo a un lado del camino y sentado sobre una gran roca, contempló con pesar el hogar perdido y la traición de los pélagos. Y cuentan que en ese instante, el dolor que lo acuciaba venció al fin a su castigado corazón y la vida lo abandonó, sentado sobre la roca. Los etrios cargaron con su cuerpo hasta lo alto de una colina, lejos de las garras de sus enemigos, y allí lo enterraron bajo un túmulo de piedras. Dicen también que con él estaba Tárbonas, el fiel can de batalla del rey, quien permaneció con su amo, guardando sus restos hasta el fin de sus días.

Sin tiempo para llorar la pérdida de su valeroso líder, los etrios eligieron a Taghelda como sucesor. Hombre valeroso y justo entre los etrios y de la mano de este y de su fiel can Nagún, continuaron hacia el sur. En su caminar, cruzaron las tierras de Tarsia, donde habitan los pueblos de las dehesas y pastan libres manadas de reses bravas de largos cuernos y oscuro pelaje, pero, también estas, dejaron atrás en su camino hasta dar con la península al sur del continente. El lugar donde los picos de los montes se elevan altos en el cielo y lo escarpado del terreno les recordó a su añorado hogar junto a las montañas del estrecho.

Fue allí, a los pies de la sierra, donde al fin encontraron consuelo los etrios y en aquellas montañas levantaron los cimientos de su nuevo comienzo. Y fue Agoroma, esposa de Taghelda quien halló en lo alto de las montañas un lago de color turquesa y lo llamó Tanasú, en referencia al cielo estrellado que se reflejaba en él por las noches. Allí Taghelda fundó la ciudad de Maksora y una vez levantada, juró ante los ojos de los dioses y los hombres que, de ahora en adelante y hasta el fin de los tiempos, aquella la sería la última morada que su pueblo conocería, pues tan solo la muerte podría arrebatársela.

De este modo, los etrios levantaron sus asentamientos y durante años gobernaron la región, sin olvidar nunca de dónde venían ni el sabor de la sangre y las lágrimas derramadas. Pero se dice que Agoroma poseía el don del canto capaz de sanar los corazones. De ella aprendieron muchas otras doncellas etrias y mediante el poder de su voz cantaron canciones de dolor y pesar, pero también de esperanza y alegría por el futuro. Se dice que Agoroma cantaba y silbaba melodías que viajaban en el viento desde lo alto de las montañas y sus gentes las escuchaban en el viento y sonreían. Así, el resto de los etrios aprendieron a descifrar los mensajes que viajaban en las melodías y también ellos practicaron el arte de silbar palabras al viento.

No obstante, así como la música y las melodías resonaron siempre en las montañas de Taghelda también lo hicieron las olas de sus costas como un augurio de lo que estaba por llegar. La sombra de Cracia los alcanzaría de nuevo en el devenir de los años. Pero los etrios habían jurado defender su nuevo hogar hasta la muerte y, ¡por el gran Íkales!, que probaron ser leales a su palabra. Muy pronto aprendieron los cracios que, en aquella ocasión, no resultaría sencillo doblegar al enemigo. Rara vez osaron alejarse de la costa durante sus incursiones y comprendieron, como sucedería más veces a lo largo de su historia, que sus dominios terminaban allí donde las olas no alcanzaban. Acompañados de sus canciones, los etrios marcharon a la batalla para defender sus tierras y, todavía a día de hoy, en todo el Mar Dorado y hasta el Estrecho de Los Colmillos, es conocido el coraje de las lanzas sonrientes de Etria.

Burna

Al suroeste del Mar Humeante se encuentra un solitario archipiélago olvidado por el resto del mundo. Este cúmulo de islas se halla envuelto por una tupida jungla bajo cuyas copas de los árboles retumba un misterio escalofriante. Una leyenda que estremece a quienes la conocen y pocos deciden contarla, pues amarga la dulzura del vino y hiela el calor de la compañía. Los marinos llaman a este lugar Burna. En cambio, los Malagg, los siniestros isleños del lugar, dan a su tierra el nombre de Tambhora, la Tierra Retumbante.

Méldonluin

Situado entre el bosque de Tarun’Ulkuin y las montañas del Khárak Al’Kharak se encuentra la Tierra de las Cien Colinas, hogar de hombrecillos de ojos alegres, sonrisas pícaras y rostros redondos y aniñados. Menudos y risueños, los Meldons desprenden un aura cercana, a la par que misteriosa, propia de quienes saben más de cuánto dicen. La gente común se refiere a ellos como halflings, si bien ellos prefieren llamarse meldons, “los amados” o “los queridos”, pues se dice que la naturaleza misma siente predilección por ellos y ni la fauna ni la flora les desea mal alguno y los guarda en su camino. Su origen incierto es todo un misterio al que ellos mismos no parecen prestar demasiada atención. En sus canciones existen versos que mencionan al gran bosque, y que a su llegada a las colinas con ellos trajeron grandes árboles, robles, cedros y castaños centenarios, y dicen que allí donde los meldons se asentaron los árboles los siguieron y anclaron sus raíces en el suelo, a menudo en lo alto de las colinas y donde crecieron y crecieron con el paso de los siglos hasta volverse enormes y otros árboles fueron plantados y, en las arboledas, los meldons levantaron sus casas y construyeron villas, pueblos y todo tipo de aldeas.

Hay quienes los consideran parientes lejanos de los aüddrim debido a su dilatada esperanza de vida y a su afinidad con la naturaleza, la cual son capaces de influir mediante la palabra. Una lengua que muy pocos conocen, cuyos secretos descansan seguros tras sus miradas inocentes y sus sonrisas astutas.

Hermanas Olvidadas

Tres son las hermanas olvidadas, las mismas que una vez fueron los grandes puertos del imperio cracio al oeste del mundo. Desaparecido el imperio, la unión de Dagona, Menenra y Nironne les ha granjeado un poder y una resonancia notable en la región. En el pasado, el imperio cracio sembró su alianza con la raza de los meldons quienes resultaron ser de mucha ayuda para frenar las influencias de los brujos sureños de Kharn, al otro lado de las montañas. No obstante, hay quienes opinan que la tentación de los nigromantes ha permeado en las ciudades y hay quienes trabajan en secreto para satisfacer sus oscuros propósitos en la distancia.

Herederas del imperio cracio, sus gentes son excelentes marineros, comerciantes que controlan gran parte de las rutas con los subcontinentes de Avahira y Orolose. Del mismo modo, los hermanos olvidados controlan y mantienen el paso de la Senda de Piedra, el camino que los enanos empedraron durante su largo exilio hacia el norte del mundo una vez caído el reino de Khárak A’Kházak, el mismo que sirve para mantener las frutas comerciales terrestres a lo largo de Lur’Rha.

Lomenteli & Las Praderas de las Estrellas

Triste es el pasado que acompaña a las praderas de los Kadosh, cuando sus cielos eran claros y las tinieblas no se habían cernido sobre ellos. Eso fue antes de que los Dhaur los embaucaran con sus susurros envenenados. Engañados por los dhaur los kadosh marcharon sobre el sur tiempo atrás en las guerras de la Mácula contra los Aüddrim. Bajo los cielos estrellados, las praderas se extienden desde el Turien hasta los Picos Sombríos al norte de la región. Allí se alzan los reinos perdidos de Néldorath y Beltzagazt, dos bastiones tan solitarios como misteriosos. Cuentan que por las noches, los Ferdjara, los corceles fantasmales de las praderas surcan los cielos dejando tras de sí estelas de fuegos fatuos, y cuentan que los Kadosh deseosos de alcanzar las estrellas tratan de montarlos y surcar los cielos en sus lomos… 

La historia de las praderas y de la tribu de los Kadosh está teñida por la mano de Los Oscuros, los temibles dhaur. Mucho tiempo atrás, los kadosh fueron engañados y forzados a combatir en las guerras de la Mácula, contra el pueblo de los Aüddrim, en la actual Hírunin. Derrotados y humillados, los habitantes de las praderas regresaron a su hogar y volcaron su ira contra sus amos, los dhaur. A quienes persiguieron y dieron muerte allí donde se refugiaron. A pesar de todo, los kadosh no abandonaron su malogrado hogar y en el seno de sus amplias praderas encontraron las fuerzas para seguir adelante. Nómadas pastores de bueyes lanudos y excelentes jinetes, los kadosh sobreviven a pesar de la injusta mancha que los persigue desde los tiempos de los primeros hombres.

Sobre las planicies de hierba plateada, galopan raudos las manadas de corceles fantasmales, los kadosh creen que son las almas de los muertos, cuyo anhelo por alcanzar las estrellas y los Jardines de los Ílmar las lleva a alzar el vuelo. Aunque, no solo los kadosh habitan las Lomenteli. Extrañas sombras pueblan los gigantescos árboles a orillas del Turien. Estos gigantescos árboles, los Telpentiri, cuyo origen es incierto y se remonta milenios atrás, a menudo muestran siluetas siniestras de ojos brillantes, trepando y desplazándose por lo alto de las copas. Por otro lado, al norte de este inhóspito territorio, se encuentran las ciudades perdidas de Néldorath, donde se dice las almas vagan entre los vivos, y Belzagazt, último de los reinos enanos que perviven en Lur’Rha…

Bahía de las Focas

Hogar de rufianes y embusteros, de galanes torcidos y beodos sin redención; de desheredados y huérfanos sin patria. 

Al oeste de Ródenas se abre un mordisco de mar en una costa de playas escarpadas y acantilados de roca argentada. Estas son las tierras de la Bahía de las Focas, donde el honor se mide en monedas y el valor, en
copas de vino. 

Canta, ríe y bebe, pues estás en el hogar de los lobos marinos.

Braida

El viento del mar del norte sopla sobre la tierra de Braida, rompiendo su gris silencio. El salitre del mar impregna el aire que llena los pulmones y la tierra, negra y húmeda, jamás se templa bajo el tímido sol de sus cielos nublados. Una fina llovizna visita la región con frecuencia y la humedad cala hasta los huesos doloridos de sus gentes, dibujando una expresión melancólica en su mirada. Herederos de la mezcolanza norteña y los primeros pobladores de Ródenas, la niebla parece haber corrido un tupido velo con el resto del continente, cubriéndolo todo de un olvido y de un silencio apelmazado. Tiempo atrás, Puerto Blanco llegó a ser un poderoso enclave en el Mar de Raur, no obstante, la influencia de las Hermanas de Piedra y su control del estrecho ha desplazado a sus competidores en el norte. Condenados a surcar las frías aguas del Mar de Raur las gentes de Braida recuerdan los viejos tiempos y suspiran. La brisa salada los acaricia y, al calor de los fuegos, se cuentan historias acerca de mujeres pez que seducen a los maridos y los arrastran al fondo del mar, o narran historias terribles sobre hombres mitad bestia que aúllan a la luna en el interior de Bosque Quebrado. Esto dicen algunos al calor de la lumbre, mientras tanto afuera, el sonido sordo de las gotas de lluvia contra el barro acompaña el silencio de la niebla que cubre la región.

Las Hermanas de Piedra

Unidas, Las Hermanas de Piedra son la poderosa liga de ciudades estado que mantienen bajo su dominio el estrecho de Los Colmillos. Debido a su enclave particular, el estrecho de Los Colmillos es fundamental para gran parte del comercio entre el Mar Dorado y el Mar de Raur, así como el punto más cercano entre los continentes de Ródenas y Fauren. El dominio de este enclave les ha granjeado a las Hermanas de Piedra y a su capital Pártenas, tantos aliados, como enemigos, sobre todo entre los temibles señores del Azote. En el pasado, fue el pueblo de los pélagos, quienes provenientes del norte de Ródenas se asentaron alrededor del estrecho y levantaron los cimientos de su civilización, la cual destacaría por el cúmulo de saber y conocimiento atesorado procedente de todos los puntos cardinales. No obstante, con la expansión del desaparecido imperio cracio de ultramar, la región se convirtió en la colonia más estimada de Cracia, hasta que el imperio entró en decadencia y los pélagos se unieron para expulsar a los cracios y reclamar de nuevo el territorio. Ébalo El Grande lideró la rebelión y tras la victoria se coronó señor de Pártenas y del estrecho. Dicha victoria desencadenaría alzamientos en el resto de colonias, precipitando el fin del imperio y la hegemonía de las Hermanas de Piedra en ambos mares a los lados del estrecho…

Las Tierras de los Lagos

Al sur de las Montañas de Hierro, se extienden las Tierras de los Lagos, una tierra fértil llamada por muchos La Siempre Verde. Esta tierra repleta de lagos, ríos, praderas y bosques encantados es el hogar de los héroes y los nobles Caballeros Alados que una vez volaron a lomos de los grifos. Árbalond se llamaba el reino de una vez, si bien hoy es solo un recuerdo, un verso en una canción. En el presente, la región se encuentra dividida en tres reinos menores, cada uno gobernado por una noble familia. Rubelsa al norte, el reino de la fuente y del saber preservado por los sabios magos de la ciudadela de Ith. Emeria, la sombra del sur, con su gran lago rodeado de bosque, se dice que criaturas misteriosas pueblan la floresta cercana a Asadjia. Allí los siniestros cazadores de la Luna dan buena cuenta de hechiceros y nigromantes, aun a costa de practicar métodos tan crueles y cuestionables como los enemigos a los que persiguen. Y por último, Tule, al oeste, capital del otrora reino de Árbalond y hogar de los Caballeros Alados que una vez sobrevolaban la región. Hoy los grifos han vuelto a las montañas y no quedan caballeros para honrar los viejos juramentos, si bien todavía hay quien espera el regreso de las grandes aves y de los reyes del pasado…

Berégian

En la antigua y poco conocida lengua de los Béregos, se las conoce como Las Tierras del Padre. Las mismas a las que Ándaher llegó junto a unos pocos hombres procedentes del oeste, cruzando el ancho mar que separaba los continentes. Milenios después, la sangre de aquellos peregrinos todavía corre por las venas de los habitantes de Berégian y en no pocas ocasiones ha servido para regar las vastas llanuras del territorio. Cuentan que muchos pueblos de Fauren deben su origen a esta tierra ancestral, tales como los Ásgaros al norte, los Ártos de las Tierras de los Ríos o los famosos Pueblos del Mar descendientes de Érohed. Indómitos y poco civilizados, los béregos mantienen la costumbre de vivir entregados al destino, sin más pretensión que la del porvenir. Debido a su naturaleza desapegada, apenas existen grandes asentamientos o ciudades en la región y los vestigios de aquellos primeros reinos del pasado son solo ruinas olvidadas en colinas solitarias. Casal Grande o Fuerte Ceniza son algunos de estos ejemplos. Enclaves que a menudo han servido como excusa para desencadenar guerras entre los clanes que pretenden hacerse con ellos. Si bien, las ruinas de Casal Viejo, son consideradas un refugio sagrado, pues los béregos creen que fue allí donde Ándaher levantó el primer gran asentamiento a los pies de las montañas, buscando la amistad del pueblo de los Nálfjar. Huérfanos, los béregos creen que Ándaher se perdió en su camino y que algún día regresará para unir a los clanes bajo una sola voz.

Hírunin & La Cuna del Otoño

Conocida por muchos como La Cuna del Otoño, Hírunin es una región legendaria dentro de Ura. El lugar donde la humanidad vio ascender por vez primera la luz de Ímera sobre el horizonte y donde las tinieblas fueron sometidas por los fieles a los Ílmar. Allí, a orillas del río Turien, Ándaher y Vínyama despertaron al arrullo de las aguas y con ellos comenzó la edad de los Segundos Hijos. Hogar de sus descendientes, los Aüddrim y de Hirun El Soñador, quién de entre todos los hijos de Ándaher y Vínyama se irguió más próximo a los Ílmar y al don más preciado de los dioses, la Imaginación. Fundador del reino de Sílmakar y baluarte de la luz frente a las tinieblas de los dhaur, su trágica victoria frente a las huestes de Los Oscuros, le valió el honor de caminar entre los grandes, en los Jardines de los Ílmar, donde las almas de los héroes y los de corazón noble vivirán para siempre. En el presente, Hírunin sobrevive como un recuerdo imperecedero sostenido en la memoria de los aüddrim quienes moran al margen del mundo, en Silmakar y rara vez se dejan ver en las tierras que una vez fueron su hogar.. Se dice que ningún mortal ha visitado el reino bendecido desde hace siglos y que los secretos y las maravillas que Hirun soñó todavía perviven, ocultas en el corazón del bosque y en los versos de las canciones ya olvidadas por los hombres.

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Por todo esto, Hírunin está dotada de una mística única, pues es el hogar de los fieles a los Ílmar y al Sueño de la Imaginación. Reinos como Sílmakar, en el corazón del bosque de Tarun’Ámil y Óldorin, la ciudad vigilante a orillas del Turien, son un resquicio de los tiempos dorados en los que la humanidad vivió cercana a los antiguos dioses. Hoy, la Cuna del Otoño, sobrevive como un recuerdo imperecedero sostenido en la memoria de los aüddrim, resguardados en Sílmakar al margen del mundo. Se dice que ningún mortal lo ha visitado desde hace siglos y que los secretos y las maravillas que Hirun soñó todavía perviven en el corazón del bosque. No obstante, las gentes recelan del reino del bosque y de los aüddrim, pues se dice que su interior ya no pertenece a este mundo y aquellos incautos que cruzan sus fronteras se pierden en el tiempo para no regresar jamás…

Etria & El orgullo del Mar Dorado

¡El orgullo del mar dorado!, ¡La lanza sonriente! Que tiemblen los enemigos de Etria, pues sus héroes marchan a la batalla lanza en ristre, acompañados de los feroces Tibícenos y sus voces vueltas un clamor. Gallardos, osados y alegres hasta en la muerte. La sangre del propio Íkales corre por sus venas, prestándoles su carácter indomable que sobrevive hasta el presente.

Vástagos de la desaparecida civilización de los Pélagos, los etrios sintieron en sus carnes el puñal de la traición de sus propios hermanos durante la conquista del imperio cracio de ultramar. Obligados a abandonar su hogar, marcharon al sur de Ródenas, a las montañas que hoy en día llevan su nombre. Allí, los etrios juraron ante los ojos de los dioses y de los hombres, que nada, salvo la muerte, los arrojaría de su nuevo hogar. Y buena fe de ello pueden dar sus enemigos, quienes han pagado el precio más alto tratando de poner pie en la tierra de Etria.

Bussilán & El Reino de las Serpientes

Al sur del desierto, más allá de las Fauces de la Boa, se alza el laberinto esmeralda de las junglas de Bussilán. Allí una pugna centenaria se mantiene desde los tiempos de los emperadores de jade, hoy convertidos en piedra por la magia de las terribles sacerdotisas de la diosa serpiente Naghín, las Ófiras. Estas devotas al culto de la serpiente blanca, medio mujeres medio reptil, gobiernan la ciudad de Yagán, antigua capital del imperio de jade. Desde allí llevan a cabo sus planes para derrotar a sus opositores al oeste del territorio y hacerse con todo Bussilán. Aquellos que se les oponen, sufrirán un horrible destino, e incluso pasarán a formar parte de su colección de estatuas de piedra, engordando su guardia de pétreos esclavos. No obstante, en la ciudad de Pradhán, todavía pervive la sangre de los antiguos emperadores. Un resquicio del linaje real, que envuelto en una sombra temible y misteriosa, resiste al poder de las ófiras esgrimiendo una magia no menos inquietante. Las lenguas hablan de un rey oscuro, tan misterioso y opaco como la propia selva que lo rodea. Junto a su única hija gobiernan la ciudad desde hace décadas, y el paso de los días no tiene efecto en ellos, como si, al igual que las serpientes, mudaran la piel para vencer a la muerte. Allí, en el verde de la selva, la lucha por el trono de jade no cesa entre siseos y venenos.

El Azote & Ilg’Hánnuram

Bajo las dunas del Ilg’Hánnuram yacen, como pecios enterrados, los restos de una civilización olvidada. En otro tiempo, este mar de arena fue el orgullo de los Reyes de las Arenas, hasta que una legendaria princesa de jade los maldijo y el propio desierto se volvió contra ellos, devorando sus ciudades y sepultando su grandeza. 

Hoy, el desierto pertenece a los Amos del Azote, señores de las cinco ciudades que sobrevivieron al cataclismo. Cinco cabezas de un mismo látigo que gobiernan las rutas comerciales y el temido río de los huesos, el Qal’Himán. Crueles y ambiciosos, los sahad dominan las arenas con un poder capaz de rivalizar con las Hermanas de Piedra. 

Pero no están solos. En el corazón del desierto resisten los suharán, herederos de la civilización perdida. Nómadas y maestros de las dunas, conocen los oasis ocultos y las aguas subterráneas. Se proclaman los verdaderos señores del Ilg’Hánnuram y combaten a El Azote mediante emboscadas y tormentas invocadas por sus sacerdotisas de arena. 

Sin embargo, ni unos ni otros son los auténticos dueños del desierto, pues ese trono pertenece a las temibles y horripilantes píceras. Monstruosos agaves errantes, devoradores de hombres. Para los suharán
son las Cazadoras Pacientes. Para los sahad, la Muerte Dulce: pues el aroma de sus flores es la promesa de una muerte lenta, inevitable… y silenciosa.

Asadjia de la Luna Roja

Hogar de cuentos y supersticiones, de brujas, hechiceros y de los maléficos seres de la noche, los Sedientos. Aislados del resto del continente, los asadjos han cosechado una misteriosa y sombría reputación. No pocos desconfían del atardecer en Asadjia y de las temidas lunas de sangre que aterrorizaron a su pueblo siglos atrás.

Se dice que en la capital, Temera, decenas de torres blancas resplandecen como agujas de nácar a la luz de la luna y las sombras se alargan y danzan alegres con la caída del sol. Allí, una reina tan terrible como hermosa gobierna desde hace incontables años a su pueblo. Su belleza hiela la sangre de los vivos y embota las mentes, retorciendo los pensamientos a merced de una gélida caricia. Muchas son las historias sobre los Sedientos. Ocultos durante el día, la noche es su refugio y el rojo elixir es a la vez bálsamo y tormento para su sed. Y aunque hace siglos que la luna no se tiñe de escarlata en Asadjia, todavía hay quienes recuerdan los días en que Valádim, el Portador de la Plaga, desató el mal que asoló a Asadjia durante toda una generación. Fueron los días de la gran peste. Fueron los días de la Gran Peste, los días de los Dragghul…

Nálfjarun

Señores de la piedra y artesanos de los tesoros de la tierra, los enanos son una raza antigua y orgullosa, remanente de un tiempo anterior al sol y la luna. Hijos predilectos de Gaudara, aguardaron durante milenios en el seno del mundo hasta que la luz de Ura anunció la edad de los Segundos Hijos. 

Entonces emergieron desde las entrañas de la tierra, alzándose en las Montañas Grises de Fauren y en la cordillera del Khárak Ál’Kharak, donde conocerían su mayor gloria y su más profunda caída. Allí se alzó el trono de Khárak A’Kházak, más alto que ningún otro, en los días dorados de los Señores de la Piedra. 

Hoy, tras la Marcha Triste, el pueblo enano vive dividido en reinos dispersos en las Montañas Grises: Nórngozt, Náukgarun y Kasálfing, el más antiguo de ellos. 

Obstinados y duros como la roca, no olvidan. Y aún esperan la llegada de un Kharák que los guíe de regreso, por la senda de piedra, hacia su hogar perdido. 

Bajo una corona de roca y nieve rugen los hornos ancestrales de los enanos. Los fuelles resoplan, y en sus salones de piedra, yunque y martillo entonan su canción. Duros, leales e inquebrantables los hijos de la montaña, aguardan la venida del Kharák… y el despertar de la Piedra Maestra.

Sölilyagur

Los ásgaros la nombraron la Isla del Oso, por la gran cantidad de estas bestias que pueblan sus bosques. Si bien todo aquel que ponga un pie en Sölilyagur sabe a qué debe atenerse, pues los espíritus moran en el interior del bosque. Allí, el Gran Oso y la Doncella Cazadora acechan a quienes osen adentrarse en el bosque de Oljorgmar sin invitación. Originarios del norte de Fauren, los Yäg’ul fueron empujados a cruzar el Mar del Invierno hace muchos siglos por los clanes procedentes de Bereggian. Al norte, rodeados de una oscuridad helada, las hogueras arden con brío en las largas noches de Sölilyagur. Los Yäg’ul se agrupan, acompañados del crepitar de la madera a observar las estrellas en los claros de sus aldeas. Mientras tanto, a su alrededor, espíritus de todo tipo campan a sus anchas. Los hay benévolos guardianes de la floresta; otros astutos y maliciosos engañan con sus tretas a los incautos para atraerlos a lo profundo de Olgjorgmar, de donde nunca podrán regresar…