BUSSILÁN

Sobre Bussilán y el Reino de las Serpientes

Sacerdotisa Ófira
Ilustración: Karl Fitzgerald
© Somos Fénix Books

Al sur del árido desierto del Ilg’Hánnuram, se encuentran las no menos calurosas junglas de la selvática región de Bussilán. Se trata de un territorio frondoso y húmedo gobernado por un intenso y llamativo color verde.

Los viajeros provenientes del desierto deberán atravesar las «Fauces de la Boa», una gran puerta de piedra con forma de cabeza de serpiente situada al fondo de un valle bien vigilado que separa Bussilán del desierto. Una espesa jungla se alza pasada la entrada, prolongándose hasta las tierras colindantes de Yutara al sur, donde el verde desaparece para dejar paso a las extensas sabanas de Yutara.

La región de Bussilán es un lugar colmado de historia, cuyas antesalas al presente son tan viejas como la ancestral civilización que una vez gobernó el desierto y la rivalidad que siempre las unió. Si bien, al contrario que los desaparecidos Reyes de las Arenas, las gentes de Bussilán lograron sobrevivir hasta los días presentes, a pesar de las constantes pugnas entre los reinos y marcas que conforman el territorio, que no han hecho, sino sangrar a la región.

Los bussán son gentes de ojos veloces y rasgados y su cabello es del color del azabache y no encanece hasta la ancianidad. Discretos y atentos, son apreciados por sus ancestrales dotes de medicina, siendo algunos de sus doctores muy estimados en las cortes de todo el mundo.

Se trata de un paso estrecho entre las montañas, protegido mediante una construcción de piedra en forma de serpiente cuya boca abierta es la entrada a la región. Los bussán conocen este paso como las «Fauces de la Boa». Esta estructura, con forma de serpiente, presenta una fuerte vigilancia y, a diario, es atravesada por centenares de carros y caravanas, siendo este uno de los pasos terrestres más transitados de Ura.

La entrada está constantemente custodiada por un fuerte destacamento de guardias fronterizos, los Radjang, monjes ascetas que habitan las escarpadas montañas de alrededor, cuyas pronunciadas vaguadas conducen irremediablemente hasta las Fauces de la Boa. En sus orígenes, los radjang se dedicaban a socorrer a los viajeros, no obstante, los constantes conflictos entre los bandidos del Azote, y las guerras entre los propios señores de los Bussán los avocó a la lucha y las artes de la guerra, convirtiéndolos en monjes guerreros, además de hospitalarios. Los radjang portan bastones que ellos mismos tallan como parte de su entrenamiento y en batalla son tan temibles como inmunes al miedo o al dolor. Quienes los han visto en acción, cuentan que durante el combate la medida de sus bastones cambia. Crece y mengua, ajustándose a las intenciones y movimientos del monje y su destreza difícilmente es superable.

Al sur de la región, por tierra, son las sabanas y los dominios de los Yutaros con sus amplias planicies las que delimitan el territorio. Y aunque es poca la simpatía entre ambos pueblos, los dos mantienen un frío respeto debido al intenso intercambio de especias, minerales y demás bienes procedentes del lejano sur. Si bien, los bussán desprecian a los yutaros a quienes consideran meros salvajes. Mientras que, por otro lado, los Yutaros aborrecen la espesura de las junglas, el perenne zumbido de los mosquitos y el amenazador siseo de las serpientes que pueblan el infierno verde. Consideran a los bussán un pueblo soberbio y falso, tan frío y peligroso como las propias serpientes que abundan en sus bosques.

Una vez en el interior de la jungla, los caminos se bifurcan irremediablemente en direcciones opuestas, tal es la naturaleza de la propia región. Al oeste, en la costa del Mar Dorado, se encuentra el reino de Pradhán y las islas independientes de Sureyán y Ulán.

Al este de Bussilán se encuentra la ancestral ciudad y reino fundador de Yagán. En el pasado fue allí donde instalaron su corte los emperadores de jade, después de unificar todo Bussilán. Pero eso fue antes de la traición de las ófiras, y de la desmembración del imperio de jade. Siglos atrás, una rama de sacerdotisas seguidoras del culto de la Serpiente Blanca, conocidas como las ófiras, sedujeron al segundo hijo del último gran emperador de jade y en su persecución del poder, incentivaron sus pretensiones de sentarse en el trono frente a su hermano menor, propiciando así una guerra que terminaría aupando a esta clase clerical al poder de la más antigua y majestuosa ciudad del imperio de Jade.

No obstante, la sangre real no se extinguió aquel día. Algunos miembros del linaje sobrevivieron y, tras huir a Pradhán, organizaron su resistencia en la ciudad al oeste. El imperio se partió en dos y la guerra asoló la región durante más de una década sin que ninguna de las dos facciones lograra doblegar a su enemigo. Desde entonces, ambas ciudades permanecen en disputa y la región continúa dividida.

Así, en Yagán, las Ófiras o Naggín como se llaman a sí mismas, han impuesto una teocracia sobre la ciudad y gobiernan la costa oriental desde hace siglos. Dichas sacerdotisas adoran a Naga, primera entre las gorgonas. La gran serpiente blanca que cobró forma de mujer y tuvo hijos con los hombres de la región, dando pie a la raza de los bussán. A medida que ascienden en la escala de jerarquía y poder, sus cuerpos van mutando debido al consumo de un destilado procedente del veneno de una serpiente albina que se puede encontrar en las junglas de Bussilán. Poco a poco, su piel se escama y palidece y sus colmillos se desarrollan hasta dejarse ver entre la comisura de sus labios y sus ojos enrojecen y se afilan como los de su amada diosa. Y es entonces cuando la magia de las ófiras comienza a florecer. Aquellos que son el blanco de su mirada quedan paralizados, sus mentes se embotan y el tiempo parece detenerse. Se dice que las sacerdotisas pueden entrar en sus mentes y hacerles víctimas de terribles pesadillas o de las más placenteras ilusiones, hasta doblegar sus espíritus y hacer de sus víctimas sus esclavos.

En sus últimas etapas, las sacerdotisas terminan entregándose a un doloroso proceso por el cual se les cosen las piernas y son envueltas en seda blanca durante varios meses, hasta que, al fin, la metamorfosis se consolida y estas quedan convertidas en seres mitad mujer mitad serpiente. Con el paso de los años, la metamorfosis se vuelve imparable. La piel se les escama, los ojos se les vuelven de reptil, los dientes y el pelo se les caen y la voz se torna un siseo a la vez que la lengua se parte en dos dejando entrever cuatro afilados colmillos. Llegado a este punto, una suma sacerdotisa ha alcanzado el estado más alto de su fe tras muchas décadas de devoción. Entonces, esta es liberada de sus obligaciones para con la diosa y devuelta a la jungla, convertida ya en una gran serpiente blanca, una verdadera Naggín.

Por el contrario, en la costa oeste de la región, junto a los vientos del Mar Dorado se encuentra Pradhán, ciudad reducto de la desaparecida dinastía de los Emperadores de Jade, cuyo último descendiente rige el oeste envuelto de misterio. Se dice que dicho monarca selló un pacto con la muerte hace ya muchos años y debido a esto se granjeó la inmortalidad. Cuentan, además, que junto a él se encuentra su hija, una niña que no envejece y siempre permanece igual. Poco se sabe de este misterioso monarca, más allá de su inquietante longevidad y el apodo por el que se le conoce en la región: La Serpiente Negra de Bussilán. Debido a la larga melena que le alcanza los pies.

Así, ambas ciudades profesan una intensa y prolongada enemistad y cada cual trata desde hace tiempo de hacerse con el favor del resto del territorio e incrementar su influencia en el resto de marcas de la región, concretamente en los territorios isleños de Sureyán y Ulán.

Estas islas, situadas frente a la costa oeste de Bussilán son abrazadas por las olas del Mar Dorado y son el refugio de muchos navíos que regresan con las tripas repletas de mercancías valiosas. Aunque mucho, menos poderosas que sus hermanas situadas en tierra, Sureyán y Ulán son dos puertos importantes al sur del Mar Dorado, debido a la especial disposición de sus muelles, pues estos se encuentran dispuestos en el interior de la desembocadura de los ríos Candajad y Vensadar. Un espacio reservado y discreto para aquellos que no desean ser encontrados. Corsarios y piratas son habituales de estas latitudes y las cofradías portuarias de las islas los esconden y protegen a cambio de una generosa donación de estos lobos de mar.

Más allá de la naturaleza paradisiaca y tropical de dicha región, Bussilán es un territorio hostil debido a la gran cantidad de infortunios que esperan ocultos en la maraña verde que cubre el paisaje. El calor y la humedad hacen que sean frecuentes las picaduras del mosquito amarillo, cuya fiebre es capaz de acabar con la vida de un hombre adulto en cuestión de pocos días. Pero no hay que olvidar las grandes serpientes que habitan la jungla y el fondo de los ríos, Ka’as las llaman los bussán. Boas para el resto del mundo. Especialmente peligrosas son las naggín, las enormes serpientes albinas que una vez fueron sacerdotisas. Capaces de vivir durante décadas, son tan letales como inteligentes y no hay presa que les satisfaga más que la del hombre. Por si fuera poco, bussán cuenta con otros tantos peligros tales como los Gato Sombra, gran felino de color oscuro, capaces de volverse invisibles a los ojos durante la noche. Extremadamente difíciles de encontrar, su piel es muy codiciada, pues garantiza un camuflaje perfecto al caer la noche, volviendo a quien la viste uno con las sombras. En cuanto a las islas, podemos encontrar el caso de especies como los Pakhura, aves coloridas de largas colas y pico poderoso. Habitan en bandadas de varias docenas y se alimentan de todo cuanto cae en sus gaznates. Son especialmente conocidas por su capacidad de imitar voces humanas. Estos animales gustan de confundir a los aventureros que se pierden por la selva, imitando voces y conversaciones humanas. Los pakhura los dirigen hasta lugares profundos en la selva, donde las bandadas caen sobre estos y acaban con ellos a base de picotazos para devorarlos después. Estas aves son muy apreciadas por los nobles de Bussán, pues al ser criadas desde polluelos, muestran una fidelidad extrema hacia su amo y, a menudo, son utilizadas para enviar mensajes o guardar información secreta, a sabiendas de que el ave jamás traicionará a su señor.

Por último, cabe destacar a los imponentes Mawán, u «Hombres de la selva». Estos simios de color rojo, son cuatro veces más grandes que un hombre y aunque acostumbran a mostrarse lentos y pausados, son capaces de desarrollar una fuerza y agilidad sobrehumanas, por no hablar de su increíble capacidad de elevar la temperatura de su cuerpo cuando se sienten atacados, haciendo que su cuerpo desprenda humo y altas temperaturas capaces de abrasar a aquel que caiga en sus manos. Los sureyos y ulanos los consideran, debido a esto, enemigos naturales de las grandes serpientes que poco pueden hacer contra ellos al tratar de estrangularlos. Es por esto que los isleños los veneran y les hacen ofrendas de fruta. Son especialmente detestados por las ófiras que los consideran enemigos de su deidad. En ocasiones, tras los combates entre dos mawánes, uno puede encontrar claros en el bosque, donde las ramas y las hojas muestran signos de quemados y el humo todavía se desprende de la vegetación abrasada.

El Rey Oscuro
Ilustración: Karl Fitzgerald
© Somos Fénix Books

Burna

Al suroeste del Mar Humeante se encuentra un solitario archipiélago olvidado por el resto del mundo. Este cúmulo de islas se halla envuelto por una tupida jungla bajo cuyas copas de los árboles retumba un misterio escalofriante. Una leyenda que estremece a quienes la conocen y pocos deciden contarla, pues amarga la dulzura del vino y hiela el calor de la compañía. Los marinos llaman a este lugar Burna. En cambio, los Malagg, los siniestros isleños del lugar, dan a su tierra el nombre de Tambhora, la Tierra Retumbante.

Méldonluin

Situado entre el bosque de Tarun’Ulkuin y las montañas del Khárak Al’Kharak se encuentra la Tierra de las Cien Colinas, hogar de hombrecillos de ojos alegres, sonrisas pícaras y rostros redondos y aniñados. Menudos y risueños, los Meldons desprenden un aura cercana, a la par que misteriosa, propia de quienes saben más de cuánto dicen. La gente común se refiere a ellos como halflings, si bien ellos prefieren llamarse meldons, “los amados” o “los queridos”, pues se dice que la naturaleza misma siente predilección por ellos y ni la fauna ni la flora les desea mal alguno y los guarda en su camino. Su origen incierto es todo un misterio al que ellos mismos no parecen prestar demasiada atención. En sus canciones existen versos que mencionan al gran bosque, y que a su llegada a las colinas con ellos trajeron grandes árboles, robles, cedros y castaños centenarios, y dicen que allí donde los meldons se asentaron los árboles los siguieron y anclaron sus raíces en el suelo, a menudo en lo alto de las colinas y donde crecieron y crecieron con el paso de los siglos hasta volverse enormes y otros árboles fueron plantados y, en las arboledas, los meldons levantaron sus casas y construyeron villas, pueblos y todo tipo de aldeas.

Hay quienes los consideran parientes lejanos de los aüddrim debido a su dilatada esperanza de vida y a su afinidad con la naturaleza, la cual son capaces de influir mediante la palabra. Una lengua que muy pocos conocen, cuyos secretos descansan seguros tras sus miradas inocentes y sus sonrisas astutas.

Hermanas Olvidadas

Tres son las hermanas olvidadas, las mismas que una vez fueron los grandes puertos del imperio cracio al oeste del mundo. Desaparecido el imperio, la unión de Dagona, Menenra y Nironne les ha granjeado un poder y una resonancia notable en la región. En el pasado, el imperio cracio sembró su alianza con la raza de los meldons quienes resultaron ser de mucha ayuda para frenar las influencias de los brujos sureños de Kharn, al otro lado de las montañas. No obstante, hay quienes opinan que la tentación de los nigromantes ha permeado en las ciudades y hay quienes trabajan en secreto para satisfacer sus oscuros propósitos en la distancia.

Herederas del imperio cracio, sus gentes son excelentes marineros, comerciantes que controlan gran parte de las rutas con los subcontinentes de Avahira y Orolose. Del mismo modo, los hermanos olvidados controlan y mantienen el paso de la Senda de Piedra, el camino que los enanos empedraron durante su largo exilio hacia el norte del mundo una vez caído el reino de Khárak A’Kházak, el mismo que sirve para mantener las frutas comerciales terrestres a lo largo de Lur’Rha.

Lomenteli & Las Praderas de las Estrellas

Triste es el pasado que acompaña a las praderas de los Kadosh, cuando sus cielos eran claros y las tinieblas no se habían cernido sobre ellos. Eso fue antes de que los Dhaur los embaucaran con sus susurros envenenados. Engañados por los dhaur los kadosh marcharon sobre el sur tiempo atrás en las guerras de la Mácula contra los Aüddrim. Bajo los cielos estrellados, las praderas se extienden desde el Turien hasta los Picos Sombríos al norte de la región. Allí se alzan los reinos perdidos de Néldorath y Beltzagazt, dos bastiones tan solitarios como misteriosos. Cuentan que por las noches, los Ferdjara, los corceles fantasmales de las praderas surcan los cielos dejando tras de sí estelas de fuegos fatuos, y cuentan que los Kadosh deseosos de alcanzar las estrellas tratan de montarlos y surcar los cielos en sus lomos… 

La historia de las praderas y de la tribu de los Kadosh está teñida por la mano de Los Oscuros, los temibles dhaur. Mucho tiempo atrás, los kadosh fueron engañados y forzados a combatir en las guerras de la Mácula, contra el pueblo de los Aüddrim, en la actual Hírunin. Derrotados y humillados, los habitantes de las praderas regresaron a su hogar y volcaron su ira contra sus amos, los dhaur. A quienes persiguieron y dieron muerte allí donde se refugiaron. A pesar de todo, los kadosh no abandonaron su malogrado hogar y en el seno de sus amplias praderas encontraron las fuerzas para seguir adelante. Nómadas pastores de bueyes lanudos y excelentes jinetes, los kadosh sobreviven a pesar de la injusta mancha que los persigue desde los tiempos de los primeros hombres.

Sobre las planicies de hierba plateada, galopan raudos las manadas de corceles fantasmales, los kadosh creen que son las almas de los muertos, cuyo anhelo por alcanzar las estrellas y los Jardines de los Ílmar las lleva a alzar el vuelo. Aunque, no solo los kadosh habitan las Lomenteli. Extrañas sombras pueblan los gigantescos árboles a orillas del Turien. Estos gigantescos árboles, los Telpentiri, cuyo origen es incierto y se remonta milenios atrás, a menudo muestran siluetas siniestras de ojos brillantes, trepando y desplazándose por lo alto de las copas. Por otro lado, al norte de este inhóspito territorio, se encuentran las ciudades perdidas de Néldorath, donde se dice las almas vagan entre los vivos, y Belzagazt, último de los reinos enanos que perviven en Lur’Rha…

Bahía de las Focas

Hogar de rufianes y embusteros, de galanes torcidos y beodos sin redención; de desheredados y huérfanos sin patria. 

Al oeste de Ródenas se abre un mordisco de mar en una costa de playas escarpadas y acantilados de roca argentada. Estas son las tierras de la Bahía de las Focas, donde el honor se mide en monedas y el valor, en
copas de vino. 

Canta, ríe y bebe, pues estás en el hogar de los lobos marinos.

Braida

El viento del mar del norte sopla sobre la tierra de Braida, rompiendo su gris silencio. El salitre del mar impregna el aire que llena los pulmones y la tierra, negra y húmeda, jamás se templa bajo el tímido sol de sus cielos nublados. Una fina llovizna visita la región con frecuencia y la humedad cala hasta los huesos doloridos de sus gentes, dibujando una expresión melancólica en su mirada. Herederos de la mezcolanza norteña y los primeros pobladores de Ródenas, la niebla parece haber corrido un tupido velo con el resto del continente, cubriéndolo todo de un olvido y de un silencio apelmazado. Tiempo atrás, Puerto Blanco llegó a ser un poderoso enclave en el Mar de Raur, no obstante, la influencia de las Hermanas de Piedra y su control del estrecho ha desplazado a sus competidores en el norte. Condenados a surcar las frías aguas del Mar de Raur las gentes de Braida recuerdan los viejos tiempos y suspiran. La brisa salada los acaricia y, al calor de los fuegos, se cuentan historias acerca de mujeres pez que seducen a los maridos y los arrastran al fondo del mar, o narran historias terribles sobre hombres mitad bestia que aúllan a la luna en el interior de Bosque Quebrado. Esto dicen algunos al calor de la lumbre, mientras tanto afuera, el sonido sordo de las gotas de lluvia contra el barro acompaña el silencio de la niebla que cubre la región.

Las Hermanas de Piedra

Unidas, Las Hermanas de Piedra son la poderosa liga de ciudades estado que mantienen bajo su dominio el estrecho de Los Colmillos. Debido a su enclave particular, el estrecho de Los Colmillos es fundamental para gran parte del comercio entre el Mar Dorado y el Mar de Raur, así como el punto más cercano entre los continentes de Ródenas y Fauren. El dominio de este enclave les ha granjeado a las Hermanas de Piedra y a su capital Pártenas, tantos aliados, como enemigos, sobre todo entre los temibles señores del Azote. En el pasado, fue el pueblo de los pélagos, quienes provenientes del norte de Ródenas se asentaron alrededor del estrecho y levantaron los cimientos de su civilización, la cual destacaría por el cúmulo de saber y conocimiento atesorado procedente de todos los puntos cardinales. No obstante, con la expansión del desaparecido imperio cracio de ultramar, la región se convirtió en la colonia más estimada de Cracia, hasta que el imperio entró en decadencia y los pélagos se unieron para expulsar a los cracios y reclamar de nuevo el territorio. Ébalo El Grande lideró la rebelión y tras la victoria se coronó señor de Pártenas y del estrecho. Dicha victoria desencadenaría alzamientos en el resto de colonias, precipitando el fin del imperio y la hegemonía de las Hermanas de Piedra en ambos mares a los lados del estrecho…

Las Tierras de los Lagos

Al sur de las Montañas de Hierro, se extienden las Tierras de los Lagos, una tierra fértil llamada por muchos La Siempre Verde. Esta tierra repleta de lagos, ríos, praderas y bosques encantados es el hogar de los héroes y los nobles Caballeros Alados que una vez volaron a lomos de los grifos. Árbalond se llamaba el reino de una vez, si bien hoy es solo un recuerdo, un verso en una canción. En el presente, la región se encuentra dividida en tres reinos menores, cada uno gobernado por una noble familia. Rubelsa al norte, el reino de la fuente y del saber preservado por los sabios magos de la ciudadela de Ith. Emeria, la sombra del sur, con su gran lago rodeado de bosque, se dice que criaturas misteriosas pueblan la floresta cercana a Asadjia. Allí los siniestros cazadores de la Luna dan buena cuenta de hechiceros y nigromantes, aun a costa de practicar métodos tan crueles y cuestionables como los enemigos a los que persiguen. Y por último, Tule, al oeste, capital del otrora reino de Árbalond y hogar de los Caballeros Alados que una vez sobrevolaban la región. Hoy los grifos han vuelto a las montañas y no quedan caballeros para honrar los viejos juramentos, si bien todavía hay quien espera el regreso de las grandes aves y de los reyes del pasado…

Berégian

En la antigua y poco conocida lengua de los Béregos, se las conoce como Las Tierras del Padre. Las mismas a las que Ándaher llegó junto a unos pocos hombres procedentes del oeste, cruzando el ancho mar que separaba los continentes. Milenios después, la sangre de aquellos peregrinos todavía corre por las venas de los habitantes de Berégian y en no pocas ocasiones ha servido para regar las vastas llanuras del territorio. Cuentan que muchos pueblos de Fauren deben su origen a esta tierra ancestral, tales como los Ásgaros al norte, los Ártos de las Tierras de los Ríos o los famosos Pueblos del Mar descendientes de Érohed. Indómitos y poco civilizados, los béregos mantienen la costumbre de vivir entregados al destino, sin más pretensión que la del porvenir. Debido a su naturaleza desapegada, apenas existen grandes asentamientos o ciudades en la región y los vestigios de aquellos primeros reinos del pasado son solo ruinas olvidadas en colinas solitarias. Casal Grande o Fuerte Ceniza son algunos de estos ejemplos. Enclaves que a menudo han servido como excusa para desencadenar guerras entre los clanes que pretenden hacerse con ellos. Si bien, las ruinas de Casal Viejo, son consideradas un refugio sagrado, pues los béregos creen que fue allí donde Ándaher levantó el primer gran asentamiento a los pies de las montañas, buscando la amistad del pueblo de los Nálfjar. Huérfanos, los béregos creen que Ándaher se perdió en su camino y que algún día regresará para unir a los clanes bajo una sola voz.

Hírunin & La Cuna del Otoño

Conocida por muchos como La Cuna del Otoño, Hírunin es una región legendaria dentro de Ura. El lugar donde la humanidad vio ascender por vez primera la luz de Ímera sobre el horizonte y donde las tinieblas fueron sometidas por los fieles a los Ílmar. Allí, a orillas del río Turien, Ándaher y Vínyama despertaron al arrullo de las aguas y con ellos comenzó la edad de los Segundos Hijos. Hogar de sus descendientes, los Aüddrim y de Hirun El Soñador, quién de entre todos los hijos de Ándaher y Vínyama se irguió más próximo a los Ílmar y al don más preciado de los dioses, la Imaginación. Fundador del reino de Sílmakar y baluarte de la luz frente a las tinieblas de los dhaur, su trágica victoria frente a las huestes de Los Oscuros, le valió el honor de caminar entre los grandes, en los Jardines de los Ílmar, donde las almas de los héroes y los de corazón noble vivirán para siempre. En el presente, Hírunin sobrevive como un recuerdo imperecedero sostenido en la memoria de los aüddrim quienes moran al margen del mundo, en Silmakar y rara vez se dejan ver en las tierras que una vez fueron su hogar.. Se dice que ningún mortal ha visitado el reino bendecido desde hace siglos y que los secretos y las maravillas que Hirun soñó todavía perviven, ocultas en el corazón del bosque y en los versos de las canciones ya olvidadas por los hombres.

***

Por todo esto, Hírunin está dotada de una mística única, pues es el hogar de los fieles a los Ílmar y al Sueño de la Imaginación. Reinos como Sílmakar, en el corazón del bosque de Tarun’Ámil y Óldorin, la ciudad vigilante a orillas del Turien, son un resquicio de los tiempos dorados en los que la humanidad vivió cercana a los antiguos dioses. Hoy, la Cuna del Otoño, sobrevive como un recuerdo imperecedero sostenido en la memoria de los aüddrim, resguardados en Sílmakar al margen del mundo. Se dice que ningún mortal lo ha visitado desde hace siglos y que los secretos y las maravillas que Hirun soñó todavía perviven en el corazón del bosque. No obstante, las gentes recelan del reino del bosque y de los aüddrim, pues se dice que su interior ya no pertenece a este mundo y aquellos incautos que cruzan sus fronteras se pierden en el tiempo para no regresar jamás…

Etria & El orgullo del Mar Dorado

¡El orgullo del mar dorado!, ¡La lanza sonriente! Que tiemblen los enemigos de Etria, pues sus héroes marchan a la batalla lanza en ristre, acompañados de los feroces Tibícenos y sus voces vueltas un clamor. Gallardos, osados y alegres hasta en la muerte. La sangre del propio Íkales corre por sus venas, prestándoles su carácter indomable que sobrevive hasta el presente.

Vástagos de la desaparecida civilización de los Pélagos, los etrios sintieron en sus carnes el puñal de la traición de sus propios hermanos durante la conquista del imperio cracio de ultramar. Obligados a abandonar su hogar, marcharon al sur de Ródenas, a las montañas que hoy en día llevan su nombre. Allí, los etrios juraron ante los ojos de los dioses y de los hombres, que nada, salvo la muerte, los arrojaría de su nuevo hogar. Y buena fe de ello pueden dar sus enemigos, quienes han pagado el precio más alto tratando de poner pie en la tierra de Etria.

Bussilán & El Reino de las Serpientes

Al sur del desierto, más allá de las Fauces de la Boa, se alza el laberinto esmeralda de las junglas de Bussilán. Allí una pugna centenaria se mantiene desde los tiempos de los emperadores de jade, hoy convertidos en piedra por la magia de las terribles sacerdotisas de la diosa serpiente Naghín, las Ófiras. Estas devotas al culto de la serpiente blanca, medio mujeres medio reptil, gobiernan la ciudad de Yagán, antigua capital del imperio de jade. Desde allí llevan a cabo sus planes para derrotar a sus opositores al oeste del territorio y hacerse con todo Bussilán. Aquellos que se les oponen, sufrirán un horrible destino, e incluso pasarán a formar parte de su colección de estatuas de piedra, engordando su guardia de pétreos esclavos. No obstante, en la ciudad de Pradhán, todavía pervive la sangre de los antiguos emperadores. Un resquicio del linaje real, que envuelto en una sombra temible y misteriosa, resiste al poder de las ófiras esgrimiendo una magia no menos inquietante. Las lenguas hablan de un rey oscuro, tan misterioso y opaco como la propia selva que lo rodea. Junto a su única hija gobiernan la ciudad desde hace décadas, y el paso de los días no tiene efecto en ellos, como si, al igual que las serpientes, mudaran la piel para vencer a la muerte. Allí, en el verde de la selva, la lucha por el trono de jade no cesa entre siseos y venenos.

El Azote & Ilg’Hánnuram

Bajo las dunas del Ilg’Hánnuram yacen, como pecios enterrados, los restos de una civilización olvidada. En otro tiempo, este mar de arena fue el orgullo de los Reyes de las Arenas, hasta que una legendaria princesa de jade los maldijo y el propio desierto se volvió contra ellos, devorando sus ciudades y sepultando su grandeza. 

Hoy, el desierto pertenece a los Amos del Azote, señores de las cinco ciudades que sobrevivieron al cataclismo. Cinco cabezas de un mismo látigo que gobiernan las rutas comerciales y el temido río de los huesos, el Qal’Himán. Crueles y ambiciosos, los sahad dominan las arenas con un poder capaz de rivalizar con las Hermanas de Piedra. 

Pero no están solos. En el corazón del desierto resisten los suharán, herederos de la civilización perdida. Nómadas y maestros de las dunas, conocen los oasis ocultos y las aguas subterráneas. Se proclaman los verdaderos señores del Ilg’Hánnuram y combaten a El Azote mediante emboscadas y tormentas invocadas por sus sacerdotisas de arena. 

Sin embargo, ni unos ni otros son los auténticos dueños del desierto, pues ese trono pertenece a las temibles y horripilantes píceras. Monstruosos agaves errantes, devoradores de hombres. Para los suharán
son las Cazadoras Pacientes. Para los sahad, la Muerte Dulce: pues el aroma de sus flores es la promesa de una muerte lenta, inevitable… y silenciosa.

Asadjia de la Luna Roja

Hogar de cuentos y supersticiones, de brujas, hechiceros y de los maléficos seres de la noche, los Sedientos. Aislados del resto del continente, los asadjos han cosechado una misteriosa y sombría reputación. No pocos desconfían del atardecer en Asadjia y de las temidas lunas de sangre que aterrorizaron a su pueblo siglos atrás.

Se dice que en la capital, Temera, decenas de torres blancas resplandecen como agujas de nácar a la luz de la luna y las sombras se alargan y danzan alegres con la caída del sol. Allí, una reina tan terrible como hermosa gobierna desde hace incontables años a su pueblo. Su belleza hiela la sangre de los vivos y embota las mentes, retorciendo los pensamientos a merced de una gélida caricia. Muchas son las historias sobre los Sedientos. Ocultos durante el día, la noche es su refugio y el rojo elixir es a la vez bálsamo y tormento para su sed. Y aunque hace siglos que la luna no se tiñe de escarlata en Asadjia, todavía hay quienes recuerdan los días en que Valádim, el Portador de la Plaga, desató el mal que asoló a Asadjia durante toda una generación. Fueron los días de la gran peste. Fueron los días de la Gran Peste, los días de los Dragghul…

Nálfjarun

Señores de la piedra y artesanos de los tesoros de la tierra, los enanos son una raza antigua y orgullosa, remanente de un tiempo anterior al sol y la luna. Hijos predilectos de Gaudara, aguardaron durante milenios en el seno del mundo hasta que la luz de Ura anunció la edad de los Segundos Hijos. 

Entonces emergieron desde las entrañas de la tierra, alzándose en las Montañas Grises de Fauren y en la cordillera del Khárak Ál’Kharak, donde conocerían su mayor gloria y su más profunda caída. Allí se alzó el trono de Khárak A’Kházak, más alto que ningún otro, en los días dorados de los Señores de la Piedra. 

Hoy, tras la Marcha Triste, el pueblo enano vive dividido en reinos dispersos en las Montañas Grises: Nórngozt, Náukgarun y Kasálfing, el más antiguo de ellos. 

Obstinados y duros como la roca, no olvidan. Y aún esperan la llegada de un Kharák que los guíe de regreso, por la senda de piedra, hacia su hogar perdido. 

Bajo una corona de roca y nieve rugen los hornos ancestrales de los enanos. Los fuelles resoplan, y en sus salones de piedra, yunque y martillo entonan su canción. Duros, leales e inquebrantables los hijos de la montaña, aguardan la venida del Kharák… y el despertar de la Piedra Maestra.

Sölilyagur

Los ásgaros la nombraron la Isla del Oso, por la gran cantidad de estas bestias que pueblan sus bosques. Si bien todo aquel que ponga un pie en Sölilyagur sabe a qué debe atenerse, pues los espíritus moran en el interior del bosque. Allí, el Gran Oso y la Doncella Cazadora acechan a quienes osen adentrarse en el bosque de Oljorgmar sin invitación. Originarios del norte de Fauren, los Yäg’ul fueron empujados a cruzar el Mar del Invierno hace muchos siglos por los clanes procedentes de Bereggian. Al norte, rodeados de una oscuridad helada, las hogueras arden con brío en las largas noches de Sölilyagur. Los Yäg’ul se agrupan, acompañados del crepitar de la madera a observar las estrellas en los claros de sus aldeas. Mientras tanto, a su alrededor, espíritus de todo tipo campan a sus anchas. Los hay benévolos guardianes de la floresta; otros astutos y maliciosos engañan con sus tretas a los incautos para atraerlos a lo profundo de Olgjorgmar, de donde nunca podrán regresar…